Un par de horas más tarde, Lila arribó al hospital en compañía de Alfonso y los pequeños. El Alfa empujaba la carriola doble con cuidado, como si llevara el tesoro más frágil del mundo. Lila caminaba a su lado, pero su mirada saltaba de un lado a otro, buscando entre las sombras del pasillo alguna señal de Alejandro. El corazón le latía con fuerza, y cada ruido la hacía tensarse.—¿Estás bien? —preguntó Alfonso, notando su inquietud.Lila asintió rápidamente, forzando una sonrisa.—Sí, solo… estoy un poco nerviosa por ver a mi madre después de tanto tiempo. Además que preguntara sobre mi parto tan prematuro, ya sabes en los humanos son nueve meses.—Lo sé preciosa, pero algo se nos va a ocurrir, tranquila. —Alfonso se acercó y le dio un beso en la frente, como parte de consuelo.Cuando llegaron a la habitación, Lila se lanzó a los brazos de Ana. La mujer, todavía recuperándose en la cama, la abrazó con fuerza, con los ojos llenos de lágrimas.—Hija, estoy tan feliz de verte. No puedo
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