Al final del día, y después de muchas consultas, regresaron a la mansión de la manada. Tanto Lila como Alfonso estaban realmente agotados. Ella, se suponía que era por el próximo parto, y no podía casi caminar. Y sobre todo, porque en su cuerpo habían unos extraños síntomas que no le permitían caminar tranquila.La misma sensación de la mañana la atravesaba: un tirón profundo, como si algo dentro de ella se estirara y contrajera al mismo tiempo.Se detuvo bruscamente y se recostó contra el borde de la cama.—Lila… —Alfonso se acercó de inmediato, preocupado.Ella negó con la cabeza, respirando con dificultad.—Solo… necesito acostarme un momento.Alfonso se arrodilló frente a ella y, con delicadeza, le quitó las botas. Tomó un pequeño frasco de aceite aromático de la mesita de noche y comenzó a masajearle los pies hinchados con movimientos firmes.—Debes descansar —murmuró, sin dejar de mirarla—. No puedes seguir empujando tu cuerpo así.Lila sonrió débilmente, entrecerrando los ojos
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