Máximo se le endureció la expresión.Apretó el volante con tanta fuerza que se le marcaron las venas de las manos.—Como usted diga, señora —respondió, con una voz completamente plana, sin emoción.El viaje fue incómodo.Cada vez que podía, Máximo buscaba a Miguel por el retrovisor con miradas pesadas. Miguel no se quedaba atrás; se las devolvía todas con una cara de fastidio total, como retándolo.Era una pelea muda entre los dos, una tensión que se podía cortar con un cuchillo.Sin embargo, Cristina permanecía ajena a todo. Para ella, Miguel estaba siendo el esposo perfecto.Durante el camino, él estuvo pendiente de ella, le acarició la mano, le dio un beso en los dedos y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, logrando que ella se distrajera por completo.Cuando llegaron al edificio de la compañía, Miguel se bajó primero y le abrió la puerta. Cristina bajó suspirando hondo, acomodándose el saco para entrar con seguridad.Miguel caminó a su lado, muy natural, llevándola de
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