Setenta y cinco años después.La Hacienda Los Olivos ya era mucho más que una finca. Era un símbolo vivo de resiliencia andaluza.Los olivares se extendían como un océano plateado que parecía tocar el horizonte. La escuela que Magdalena fundó se había convertido en un instituto de referencia, con becas para jóvenes de toda la provincia. Las cooperativas de mujeres exportaban aceite y vino a más de veinte países. Y en el centro de todo, el viejo olivo milenario seguía en pie, ahora protegido por una estructura de madera y cristal, convertido en monumento.Una joven de veintiocho años, tataranieta directa de Magdalena, llamada Amelia Rosa de la Torre, estaba sentada bajo el árbol con un ordenador portátil. Era historiadora y escritora, y llevaba tres años investigando la vida de su tatarabuela para un libro que titularía La Reina de los Olivos.A su lado, su abuela Lucía (hija de Mateo), de noventa y dos años pero con la mente más clara que nunca, bordaba en silencio.—Abuela… —dijo Ame
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