Era la medianoche del 12 de septiembre de 2146.
Luna Navarro no podía dormir. El vestido negro que se había puesto horas antes aún colgaba de su cuerpo como una segunda piel. Caminaba descalza por los pasillos de la hacienda, sintiendo cada tabla del suelo bajo sus pies, como si la casa misma la estuviera reconociendo.
Llegó hasta el viejo despacho de Magdalena y encendió una sola lámpara. Sobre el escritorio aún descansaba el tintero original y varias plumas que nunca se habían vuelto a usar.