Dos años después.La primavera había llegado una vez más a la Hacienda Los Olivos, pero esta vez traía consigo algo diferente: una paz profunda y consolidada.Magdalena, con treinta y tres años, caminaba descalza por el sendero que conducía al viejo olivo milenario. Llevaba en brazos a su hija menor, Amelia, de apenas un año, que jugaba con un mechón de su cabello oscuro. A su lado, Alejandro, ya con dos años y medio, corría torpemente intentando atrapar mariposas, mientras Rafael lo seguía de cerca con una sonrisa que nunca abandonaba su rostro.—Papá, ¡mira! —gritó Alejandro, señalando una mariposa amarilla.Rafael lo levantó en brazos y lo subió sobre sus hombros.—Eres más rápido que el viento, campeón.Un poco más atrás, Mateo (ahora con diecinueve años) caminaba junto a Lucía y Gonzalo, contando historias de cuando eran pequeños. El joven se había convertido en un hombre responsable y guapo, que ya ayudaba activamente en la administración de la hacienda.Magdalena se detuvo bajo
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