A la mañana siguiente, Sevilla amaneció con un rumor que corría más rápido que el viento.La carta había sido publicada.No era la más comprometedora, pero era suficiente. En ella, Amelia Montalbán le suplicaba a su hermano Gonzalo que la protegiera de Víctor, describiendo con detalle sus celos enfermizos y sus accesos de violencia. La carta estaba firmada y fechada, y el notario había certificado su autenticidad.Víctor Montalbán se enteró mientras desayunaba. La taza de café se le resbaló de las manos y se hizo añicos contra el suelo.Minutos después, irrumpió en el hotel donde se hospedaban Rafael y Magdalena como un toro enfurecido. Dos hombres intentaron detenerlo, pero los apartó con violencia.—¡¿Dónde está?! —rugió en el vestíbulo—. ¡¿Dónde está esa maldita?!Rafael bajó las escaleras con calma, colocándose frente a él. Detrás, Magdalena observaba desde el rellano, con el rostro impasible.—Está aquí —dijo Rafael con voz fría—. Pero no va a recibirte. No en ese estado.Víctor
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