Me quedé en silencio en mitad de la escalera. La pregunta de Ciro seguía flotando en el aire. "¿Volverás al convento?"No me giré. No quería ver su cara. No quería que él viera la mía.—Siempre has sabido la respuesta a eso —dije, con la voz más firme de lo que esperaba—. Pertenezco solo a Dios. Porque él sí sabe perdonar.No esperé su respuesta. Subí el resto de los escalones sin volver la vista atrás, entré en mi habitación y cerré la puerta.Me senté en la cama y me quedé mirando la pared. Mi corazón latía con fuerza, pero no era miedo. Era otra cosa.Nunca había dudado sobre mi futuro. Ni un solo día desde que entré en el convento. Siempre supe que quería tomar los votos. Quería ser monja. Quería esa vida de silencio, de oración, de servicio. Incluso ahora, después de todo lo que había pasado, seguía queriéndolo.Pero había algo nuevo. Algo que antes no estaba.Cuando me fuera de esta casa, cuando todo esto terminara y yo volviera a mi vida del convento, quizás echaría de menos a
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