No pude dormir.El crucifijo estaba sobre la mesilla, brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Lo había dejado ahí, sin guardarlo, sin colgármelo al cuello. No podía. Cada vez que lo miraba, veía la mano de Ciro poniéndolo en mi palma. Toma. Es tuyo. Como si con ese gesto estuviera diciendo algo más. Algo que no quería entender.Me levanté. Necesitaba caminar. Necesitaba aire.La mansión estaba en silencio. Los guardias de la puerta principal me vieron pasar pero no dijeron nada. Ya se habían acostumbrado a mis paseos nocturnos. Bajé por el pasillo de servicio, hacia la cocina, buscando quizás un vaso de leche caliente o simplemente un lugar donde no me sintiera observada.La luz estaba encendida.Rosa, la cocinera, estaba allí, sentada junto a la mesa de madera, con una taza humeante entre las manos. Me vio entrar y sonrió.—Señorita. ¿No puede dormir?—No. Demasiadas cosas en la cabeza.—Siéntese. Le preparo un té.—No hace falta que se moleste.—No es molestia.
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