Desperté otra vez horas después.Esta vez más lúcida. Más consciente. El dolor seguía allí, sordo, constante, pero ya no me nublaba la mente. Podía pensar. Podía mirar a mi alrededor y entender lo que veía.Y lo que veía no me gustó.Ciro ya no estaba sentado junto a mi cama. Pero su chaqueta seguía tirada sobre el sillón, arrugada, como si alguien hubiera dormido allí durante horas. La mesilla estaba llena de vasos de café vacíos y un cenicero con más colillas de las que podía contar. Olía a tabaco, a desinfectante y a algo más. A tensión.Me incorporé un poco, ignorando el dolor. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Al otro lado, en el pasillo, vi hombres armados. No uno. No dos. Al menos cuatro. Con radios. Con armas largas. Con cara de no haber dormido.Esto no era una clínica. Era una fortaleza.La enfermera entró unos minutos después. Era una mujer joven, de manos temblorosas y sonrisa forzada. Me ayudó a beber agua, me ajustó la almohada, me tomó la temperatura. Todo
Leer más