Esa mañana me senté en el borde de la cama y esperé.
No había nada que empacar. Los vestidos, los zapatos, la lencería que tanto me había molestado, todo se quedaría allí. Nada de eso era mío. Nada de eso podría usarlo en el convento.
Solo tenía el crucifijo entre las manos.
Lo sostuve un largo rato, pasando los dedos por la cadena larga que yo misma había cambiado. La cadena que era para él. La que nunca le di.
Llamaron a la puerta. Era Enzo.
—El auto está listo —dijo desde la puerta.
—Voy.
—T