Esa mañana desperté con el crucifijo aún en la mano.
Me lo colgué al cuello. La cadena larga, la que había preparado para él, se sentía fría sobre mi piel. No sabía cuándo iba a dárselo. Ni siquiera sabía si debía dárselo. Pero lo llevaría puesto hasta encontrar el momento.
Bajé a desayunar. Ciro no estaba. Tampoco Enzo. La mansión parecía más tranquila que los últimos días, como si la tormenta de la noche anterior se hubiera disipado con el amanecer.
Salí al jardín después del desayuno. La fue