El mensaje llegó de la forma más inesperada.Estaba en la biblioteca, hojeando un libro sobre diseño de interiores que había encontrado en una de las estanterías, cuando una de las criadas se acercó con una bandeja.—Su té, señora Moretti.—No he pedido té.—Lo sé, señora. Pero la señora Rossi llamó para preguntar por usted. Dijo que le enviaría un regalo.Fruncí el ceño. La señora Rossi no llamaba. La señora Rossi apenas se preocupaba por mí después del matrimonio.La criada dejó la bandeja sobre la mesa y se fue. Sobre la servilleta, junto a la taza, había una pequeña caja de dulces. La abrí.Dentro, entre los bombones, un teléfono desechable.Mi corazón se aceleró.Esperé a estar en la habitación, con la puerta cerrada y el grifo del baño abierto, para encenderlo. Solo había un número guardado. Lo marqué.—Santos —respondió Morrison—. Qué bueno que recibiste mi regalo.—¿Cómo consiguió entrar esto en la mansión?—Tengo mis métodos. Necesito verte.—Eso es imposible. Dante no me dej
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