El salón de recepción era una declaración de poder y elegancia. Lámparas de cristal colgaban del techo como lágrimas congeladas. Las mesas vestidas de blanco y dorado, los centros de rosas, la orquesta de cuerda en un rincón tocando algo suave. Todo gritaba dinero. Ese tipo de dinero que viene de lugares sucios. Dante me condujo hasta la mesa principal con la mano apoyada en la parte baja de mi espalda. Un gesto de esposo atento. Una marca de propiedad. —Siéntate —dijo, o más bien ordenó. Me senté. Desde allí podía verlo todo. Y vaya si miré. Los invitados se distribuían en tres círculos concéntricos. En el primero, pegados a nosotros, los hombres de confianza. Trajes caros, sonrisas falsas, hombros anchos y chaquetas que abultaban demasiado en el costado izquierdo. En el segundo, empresarios y socios legítimos, los que blanqueaban el dinero sin mancharse las manos. En el tercero, familiares, conocidos, gente que estaba allí para hacer bulto y dar cobertura de normalidad. Cont
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