Desperté con el cuello rígido y el cuerpo envuelto en una manta que no recordaba haberme puesto.Parpadeé. La luz del sol entraba por la ventana. Estaba en la cama, vestida con la misma ropa de la noche anterior. El micrófono seguía bajo mi blusa, ya inservible, con la batería agotada.Me incorporé.Dante estaba sentado en una silla junto a la cama. Dormido. Con la cabeza apoyada en una mano y los ojos cerrados. Llevaba la misma camisa de la cumbre, arrugada y medio desabrochada.Se había quedado vigilándome.Me quedé mirándolo un instante. Su respiración era pausada. Su expresión, en sueños, era más joven. Menos cansada. Casi vulnerable.Me levanté sin hacer ruido. Pero él debió de sentir el movimiento, porque abrió los ojos.—Buenos días —dijo con voz ronca.—Buenos días.—Hay café. —Señaló la mesilla—. No sé cómo lo tomas.Miré la taza. Todavía humeante. La había preparado para mí sin saber si me gustaba con leche, solo, con azúcar. La había preparado porque sí.—Está perfecto así
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