Los días siguientes fueron extraños.No pasó nada. Esa era la cuestión. No pasó nada y sin embargo todo era distinto. Henrik y yo seguíamos con nuestra rutina: desayunábamos juntos, él se iba a la empresa, yo leía o dibujaba o cocinaba con Marga. Pero algo había cambiado entre nosotros. Ya no éramos dos extraños compartiendo una cama. No sabía qué éramos. Pero me gustaba.A veces, cuando estábamos en la cama, Henrik me miraba de una forma que me hacía sentir la única mujer en el mundo. No decía nada. Henrik nunca decía nada. Pero sus ojos hablaban por él.Y luego estaban las noches.Las noches ya no eran solo para dormir. A veces, después de apagar la luz, su mano buscaba la mía bajo las sábanas. Otras veces me rodeaba la cintura y me atraía hacia él sin decir una palabra. No siempre terminábamos haciendo el amor. A veces solo nos quedábamos así, abrazados, escuchando la respiración del otro.Eran noches prestadas. Lo sabía. Tenían fecha de caducidad. Pero mientras duraran, iba a dis
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