La suite del ala este era preciosa. Tenía ventanales que daban al jardín, una cama con dosel y un baño de mármol blanco. Las sábanas eran de seda. Las cortinas, de terciopelo. Había flores frescas sobre la mesilla y una lámpara de cristal que proyectaba sombras suaves en las paredes. Una jaula de oro. Eso era. Porque por mucho lujo que tuviera, por muy bonitas que fueran las cortinas, seguía siendo una prisión. Y lo descubrí a la mañana siguiente, cuando intenté salir al pasillo para buscar a Henrik. —Señorita Laira, ¿adónde va? Era un guardia. Uno nuevo. Alto, corpulento, con uniforme de seguridad y cara de no haber sonreído nunca. Se plantó frente a mí como un muro. —A ver a Henrik. —Lo siento. La señora Blackwood ha ordenado que no salga sin acompañamiento. —No necesito acompañamiento. Solo voy al piso de abajo. —Son órdenes, señorita. Lo miré. Quería discutir. Quería gritarle que aquello era ridículo, que no era una enferma, que no necesitaba escolta para caminar por la
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