No sé en qué momento me quedé dormida.Lo último que recordaba era el techo de la habitación, la mano de Ciro sobre la mía y el vacío en el pecho. Luego, la nada. Un sueño sin imágenes, sin sueños, sin descanso real. Solo oscuridad.Cuando abrí los ojos, la luz del sol entraba por la ventana en tonos naranjas. Era plena tarde ya. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Horas? ¿Minutos? No lo sabía. El tiempo se había vuelto un concepto extraño, sin sentido.Me incorporé. Estaba en la cama. Ciro ya no estaba. Su lado estaba frío. Me había dejado descansar. Y en cuanto me senté, el dolor regresó. Una oleada de angustia que me golpeó el pecho y me dejó sin aire. Cael. Mi hijo seguía en manos de esa mujer. Y yo estaba allí, durmiendo, como si nada.Rosa entró en la habitación con cuidado. Traía una bandeja en las manos. Té humeante. Tostadas. Fruta.—Señorita, tiene que comer algo.—No tengo hambre, Rosa.—Lo sé. Pero si no come, se va a derrumbar. Y su hijo la necesita fuerte.Las lágrimas empezar
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