Después de darle el desayuno a Cael, lo dejé con Nico jugando en el jardín. Rosa prometió vigilarlos. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar tranquila. Mi hijo estaba a salvo. Mi madre estaba a salvo. Ciro estaba a salvo. Todo parecía estar en orden.Subí a la habitación de Anastasia. Llamé suavemente a la puerta.—Adelante.Entré. Mi madre estaba sentada en la cama, apoyada contra varias almohadas. Rosa le había llevado un desayuno ligero: té, tostadas, fruta. Y para mi sorpresa, tenía mucho mejor semblante que el día anterior. Su rostro seguía pálido y demacrado, pero sus ojos ya no estaban tan hundidos. Había algo de luz en ellos.—Buenos días, mamá.—Buenos días, hija. —Sonrió. Una sonrisa pequeña pero real—. Siéntate conmigo.Me senté en el borde de la cama. Ella me tomó la mano. Sus dedos eran finos, casi frágiles, pero su agarre era firme.—Déjame verte bien —dijo, acariciándome el rostro—. Tantos años imaginando cómo serías de mayor... y ahora estás aquí.
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