Los disparos empezaron de inmediato.
Las balas silbaban a nuestro alrededor, impactando contra las cajas, las grúas, las paredes de metal. El ruido era ensordecedor. Ciro me empujó detrás de una pila de palés y se colocó delante de mí, devolviendo el fuego.
—¡Son demasiados! —gritó Enzo, desde otra posición.
—¡Lo sé! —respondió Ciro—. ¡Hay que salir de aquí!
Los hombres de Francesca nos rodeaban. Eran al menos una docena. Quizás más. Antiguos soldados de Iván Volkov, desesperados, sin nada que