El convoy avanzaba por la carretera secundaria, dejando atrás las luces de Nápoles. La noche era oscura. Solo los faros de los coches iluminaban el asfalto. Iba en el asiento del copiloto, con la pistola en el regazo y la mirada fija en el horizonte.
Enzo conducía. No hablaba. Los demás coches nos seguían a poca distancia. Doce hombres. Los mejores. Los que habían sobrevivido al almacén. Los que estaban dispuestos a seguirme.
Mi teléfono vibró.
Lo saqué del bolsillo. El número era desconocido.