La casa apareció ante mí como un fantasma en la oscuridad.
Era una construcción antigua, de dos plantas, con las ventanas tapiadas y el jardín devorado por la maleza. El tipo de lugar que nadie visitaba. El tipo de lugar donde alguien podía esconder a un niño sin que nadie lo encontrara. Apagué el motor y me quedé sentada un momento, con las manos sobre el volante.
—He llegado —susurré. El auricular captó mi voz.
—Te oímos —respondió Enzo—. Estamos a cinco minutos. ¿Ves algo?
—No. Está oscuro.