Sentí que la sangre abandonaba mi cuerpo.
El teléfono temblaba entre mis manos.
El rostro de Francesca llenaba la pantalla. Su sonrisa era la misma de siempre: fría, calculadora, llena de veneno. Pero había algo más en sus ojos. Algo que no le había visto antes. Locura. Pura locura.
—Francesca... —pronuncié su nombre como si fuera una maldición.
—Viktoria. —Inclinó la cabeza, como si nos estuviéramos saludando en una fiesta—. Cuánto tiempo. Te veo bien. La vida de pueblo te sentó de maravilla.