Esa tarde recibí la visita de Alessandro, un colega restaurador que vivía en Nápoles. Habíamos trabajado juntos en algunos proyectos antes de que yo me mudara al pueblo, y cuando le conté por teléfono que estaba en la ciudad, insistió en venir a verme. Nos instalamos en uno de los salones de la mansión. —Estás más guapa que nunca —dijo, sonriendo mientras nos sentábamos —. La vida de la ciudad te está sentando bien. —Gracias. Tú también estás bien. —No tanto como tú. Me reí. Alessandro era amable, divertido, y siempre tenía un cumplido en la boca. Hablaba con demasiada familiaridad, sí, pero era su forma de ser. Se reía. Me tocaba el brazo al hacer un comentario. Nada inapropiado. Solo gestos amistosos. Pero entonces sentí una presencia. Levanté la cabeza. Ciro estaba en la puerta del salón. Apoyado contra el marco. Con los brazos cruzados y una expresión que no presagiaba nada bueno. No dijo nada. No se movió. Solo se quedó allí, mirando a Alessandro como un depredador o
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