Salí de la habitación de mi madre con el corazón latiéndome con fuerza. No era miedo. No era angustia. Era algo nuevo. Algo que no había sentido en mucho tiempo. Era la sensación de que las piezas, por fin, empezaban a encajar.
Busqué a Ciro. Lo encontré en el despacho, revisando unos documentos. Al verme entrar, dejó lo que estaba haciendo.
—¿Qué pasa? Tienes cara de haber visto un fantasma.
—Algo así. Acabo de hablar con mi madre.
—¿Está bien?
—Sí. Mejor que nunca. Pero me ha contado algo. Al