126: Catarsis

Esa noche no hubo prisas. No hubo miedo. No hubo dudas.

Después de mi confesión, Ciro se quedó en silencio unos segundos. Luego me atrajo hacia él con su brazo sano y me besó. Fue un beso que nada se parecía al que yo le di. Un beso que lo decía todo sin necesidad de palabras. Un beso que era una respuesta.

—Llevo días esperando oír eso —dijo contra mis labios.

—Pues ya lo has oído. No pienso repetirlo.

—Lo repetirás. Cada día. Durante el resto de nuestra vida.

—Eso es muy arrogante.

—Lo sé. Pe
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