La cama estaba vacía.
Mis ojos recorrieron cada rincón de la habitación. Las sábanas revueltas. La almohada hundida donde hacía apenas unos minutos descansaba la cabeza de mi hijo. Registré debajo de la cama. Detrás de las cortinas. Dentro del armario. Abrí las puertas del baño. Nada. Cael no estaba.
—¡Cael! ¡Cael, responde!
El silencio me golpeó como un puñetazo en el estómago. Salí al pasillo. Corrí a la habitación de Anastasia. Abrí la puerta de golpe. Mi madre se sobresaltó.
—¿Viktoria? ¿Qu