La sensación no era nueva, pero esta vez era más clara: algo estaba mal. Esmeralda lo percibió desde que entró a la universidad. No fue una escena evidente ni un señalamiento directo, sino pequeños detalles que, juntos, formaban una imagen inquietante. Las miradas ya no eran solo curiosas, eran evaluativas. Los murmullos no se disimulaban. Y lo más extraño: su nombre aparecía en conversaciones que se detenían cuando ella se acercaba.Intentó ignorarlo. Caminó con la misma seguridad de siempre, manteniendo el ritmo, enfocándose en lo que debía hacer. Pero al entrar a su clase, la atmósfera confirmó lo que su intuición ya había advertido. El profesor no la miró como de costumbre. Evitó su contacto visual. Y al finalizar la sesión, pidió que se quedara.—Esmeralda, necesito hablar contigo —dijo con un tono que no era acusatorio, pero tampoco neutral.Ella asintió, dejando sus cosas sobre el escritorio.—¿Ocurre algo?El profesor dudó apenas, como si midiera sus palabras.—Se está revisan
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