Esa noche, la ciudad parecía distinta. No porque hubiera cambiado, sino porque Esmeralda ya no la percibía igual. Caminaba sin rumbo fijo, con los pensamientos enredados, sintiendo aún en la piel la cercanía de Emilio como si no se hubiera separado de él en ningún momento. No era algo que pudiera ignorar, ni tampoco algo que pudiera resolver con la lógica que siempre había sido su refugio. Había cruzado un límite invisible, uno que no se podía deshacer con decisiones rápidas ni con distancia calculada. Y lo sabía.Intentó convencerse de que necesitaba tiempo, de que lo más sensato era poner espacio entre ambos, pero cada argumento se desmoronaba en cuanto recordaba su voz, su forma de mirarla, la certeza con la que él hablaba de algo que ni siquiera ella se atrevía a nombrar. Eso era lo más inquietante: él no dudaba, mientras ella se fragmentaba entre lo que sentía y lo que creía correcto.Se detuvo finalmente bajo una luz tenue, respirando hondo, intentando recuperar el control. Pero
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