Tres semanas después de que el llanto de la pequeña Victoria Aurelia refundara la provincia, el bullicio en la mansión principal del Fideicomiso no tenía nada que ver con cotizaciones de la bolsa ni con despliegues de la policía federal. La orden de la CEO había sido contundente: el hierro corporativo se tomaba una tregua definitiva para dar paso a los preparativos de la boda que los atentados de La Orden y los secretos del pasado habían obligado a posponer.
Ahora, con August Devereux enfrent