El eco de las pesadas puertas dobles de caoba al cerrarse dejó a la biblioteca sumida en una intimidad casi sagrada, un silencio espeso y protector que parecía aislar a los recién casados del resto del universo. A través del inmenso ventanal que abarcaba de piso a techo, la luna de Aurelia se reflejaba con un fulgor plateado sobre las aguas mansas de la bahía, recortando a lo lejos las siluetas industriales de las grúas pórtico y los buques de carga que descansaban en el muelle viejo. Sin emba