La recepción continuó entre risas apagadas y brindis discretos de la nueva élite de Aurelia, pero para los recién casados, el verdadero festejo ya no estaba en la pista de baile. Aprovechando que la pequeña Victoria Aurelia dormía profundamente bajo el cuidado de Catalina en las habitaciones superiores, Emilio tomó la mano de Esmeralda y, con un juego de cejas cómplice, la guió lejos de las luces del jardín.
Caminaron de la mano por el pasillo principal de la mansión hasta detenerse frente a