El llanto de la pequeña Victoria Aurelia disminuyó a un tierno quejido en cuanto las luces tenues de la habitación principal envolvieron a sus padres. Catalina, que había estado meciendo la cuna de madera tallada cerca del ventanal, levantó la mirada con una sonrisa cómplice. Al ver a Esmeralda con el cabello suelto y a Emilio con el frac desabrochado, entendió que el último hilo con el pasado corporativo se había cortado en la biblioteca.
—Es una niña inteligente —susurró Catalina, entregánd