El murmullo de las olas rompiendo contra la playa privada de la mansión se filtraba a través de las cortinas de lino del gran vestidor principal. Sobre el enorme maniquí de madera que dominaba el centro de la habitación, el vestido de novia caía en cascada como una obra de arte esculpida en seda blanca y tul de seda.
Esmeralda permanecía de pie frente al espejo de tres cuerpos, observando los últimos toques de las costureras reales de Aurelia. El diseño era una perfecta alegoría de su propia