Mientras en la Torre Villarreal Emilio Valeriano convertía el vestíbulo del Consorcio en un campo de batalla mediático, en la antigua mansión de Don Maximiliano reinaba una calma pesada, casi irreal. Afuera, los jardines permanecían impecables, las fuentes seguían sonando con elegancia y las empleadas caminaban en silencio por los corredores de mármol. Pero dentro de aquellas paredes históricas, algo oscuro acababa de romperse. El Licenciado Arriaga avanzó por el pasillo principal con el periódico apretado entre las manos. El titular parecía quemarle los dedos. "¿AMOR O AMBICIÓN? LA HEREDERA VILLARREAL SEDUCE AL LEÓN DE AURELIA." Cada palabra era un puñal dirigido al honor de Esmeralda. Cuando llegó a la habitación del patriarca, dudó por un instante. Don Maximiliano estaba recostado, más débil que nunca, con una manta cubriéndole las piernas y una taza de té intacta sobre la mesa auxiliar. La enfermera acomodaba unas medicinas cuando vio entrar a Arriaga con el rostro cenicien
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