—¡Caricia...! ¡¿Cómo pudiste...?! —gimió Don Maximiliano con la voz rota, como si cada palabra desgarrara algo dentro de su pecho—. Esmeralda… mi niña…
Sus ojos estaban clavados en la fotografía tirada sobre el suelo. La imagen de Esmeralda besando a Emilio seguía allí, mancillada por titulares venenosos y acusaciones crueles. Pero él no veía escándalo en esa foto.
Veía amor.
Protección.
La única felicidad genuina que había visto en su nieta desde que regresó a su vida.
Y ahora estaban usando e