La noche había caído sobre el Hospital San Lucas con una pesadez sofocante. Los pasillos olían a desinfectante y silencio contenido. Desde la ventana de la unidad de cuidados intensivos, las luces de Aurelia brillaban a lo lejos como estrellas frías e indiferentes, ajenas al derrumbe de la familia Villarreal.Esmeralda permanecía sentada junto a la cama de Don Maximiliano, aferrada a su mano débil y llena de venas marcadas por los años. Emilio se había quedado afuera de la habitación, respetando aquel momento íntimo entre abuelo y nieta, aunque vigilaba cada movimiento desde el cristal, como el Guardián de las Estrellas que había prometido ser.El monitor cardíaco emitía un sonido constante, frágil.Don Maximiliano abrió lentamente los ojos. Su respiración era pesada, dolorosa. Pero al ver a Esmeralda, algo en su mirada cansada recuperó vida.—Mi niña… —susurró con voz quebrada.Esmeralda se inclinó de inmediato, con lágrimas rodando por sus mejillas.—Aquí estoy, abuelo… no hables, p
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