Mientras en la Torre Villarreal Emilio Valeriano convertía el vestíbulo del Consorcio en un campo de batalla mediático, en la antigua mansión de Don Maximiliano reinaba una calma pesada, casi irreal. Afuera, los jardines permanecían impecables, las fuentes seguían sonando con elegancia y las empleadas caminaban en silencio por los corredores de mármol. Pero dentro de aquellas paredes históricas, algo oscuro acababa de romperse.
El Licenciado Arriaga avanzó por el pasillo principal con el perió