Sesenta y cinco años despuésLa casa blanca frente al mar ya era un lugar histórico. Los turistas llegaban en silencio, dejaban flores en la placa de la playa y se iban sin hacer ruido, como si supieran que allí descansaba una leyenda viva.Elena Ferrera, con noventa y ocho años, era la última de la primera generación. Estaba sentada en la misma mecedora de su madre, envuelta en una manta gruesa, con la mirada perdida en el horizonte. A su lado, su nieta mayor, Valeria (a la que llamaban “Val” para distinguirla), le sostenía la mano.—Abuela, cuéntame otra vez cómo era la bisabuela —pidió Val con voz suave.Elena sonrió. Su voz era frágil, pero clara.—Era pequeña de estatura, pero enorme de corazón. Tenía miedo, mucho miedo… pero nunca se dejó vencer por él. Luchó como una leona. Escapó del infierno con tu abuelo Mateo y con tu tío Luca en brazos. Y construyó todo esto —señaló la casa y la playa— con pedazos rotos.Val miró hacia el mar.—¿Crees que ella nos ve?—Sé que sí —respondió
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