Veinticinco años despuésLa casa blanca ya no era blanca. El tiempo y el salitre del mar la habían teñido de un tono crema suave, lleno de historia. Las enredaderas subían por las paredes y el jardín se había convertido en un pequeño paraíso de flores y árboles frutales que Luca y Elena habían plantado con sus propias manos cuando eran niños.Valeria tenía sesenta y siete años. Su cabello era completamente plateado y lo llevaba largo, suelto sobre los hombros. Las arrugas en su rostro contaban la historia de una vida intensa: de dolor, de lucha y, sobre todo, de una inmensa felicidad ganada con esfuerzo.Esa mañana de verano, estaba sentada en su mecedora favorita de la terraza, con una manta ligera sobre las piernas. Elena, ahora con treinta y ocho años, embarazada de su segundo hijo, estaba a su lado. Luca, de cuarenta y seis, jugaba en la arena con sus tres nietos mientras Mateo, de setenta y cuatro años, observaba todo desde una silla cercana con una sonrisa tranquila.—Abuela, cu
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