Doscientos años despuésLa casa blanca frente al mar ya no existía como tal. Solo quedaban los cimientos de piedra, cubiertos de enredaderas y flores silvestres. El tiempo y las tormentas habían hecho su trabajo. Sin embargo, el lugar seguía siendo sagrado. Cada año, en el aniversario de la publicación del libro de Valeria, cientos de personas llegaban en silencio para dejar flores, cartas y velas en la playa.Una joven de veinticuatro años, llamada Valeria Ferrera XXI, estaba de pie en lo que quedaba de la terraza. Era historiadora y llevaba el nombre por tradición familiar. Tenía el cabello negro ondulado y los mismos ojos intensos que se repetían en casi todas las generaciones.A su lado estaba su abuela, de noventa y dos años, la última persona viva que había conocido personalmente a alguien que había conocido a Elena, la hija de la primera Valeria.—Aquí es donde todo empezó —dijo la anciana con voz temblorosa—. Y donde todo sigue vivo.Valeria XXI se arrodilló y tocó las piedras
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