Alessia Vittoria BelleroseDespierto con frío. No es un frío normal. No es el aire acondicionado de una habitación elegante ni la brisa húmeda que entra por las ventanas de la mansión cuando llueve. Es un frío viejo, pegado a la piedra, metido en los huesos, en la garganta, en los dedos.Abro los ojos despacio. La cabeza me pesa. La boca me sabe a metal.Intento moverme, pero las muñecas me arden. Estoy atada a una silla de hierro, con las manos sujetas a los brazos y los tobillos amarrados a las patas. La silla está fija al suelo, como si este lugar hubiese sido construido para que nadie pudiera levantarse sin permiso.Respiro hondo. El aire huele a humedad, sal y óxido. No estoy en la mansión. No estoy en el puerto.No estoy con Dante. El recuerdo llega de golpe, cruel, desordenado, la cita, la terraza, la llave, la bodega, el humo, la voz, la mano cubriéndome la boca. Dante gritando mi nombre desde lejos. Cierro los ojos. Me duele más recordarlo que despertar aquí.Dante intentó al
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