Dante Salvatore Valcárcel
Dejo a Alessia dormida con mi camisa entre los dedos. Me toma varios minutos soltarme.
No porque ella me retenga con fuerza. Está demasiado cansada para eso. Su cuerpo, por fin vencido por el sueño, apenas se mueve bajo las sábanas. Pero sus dedos siguen cerrados en la tela como si, incluso dormida, necesitara comprobar que sigo ahí.
Y yo necesito quedarme. Más que respirar. Más que vengarme. Más que bajar al sótano y arrancarle respuestas a la mujer que se disfrazó d