Leonardo la alcanzó en el ascensor.No corrió. No la llamó por el corredor. Llegó antes de que se cerraran las puertas con el mismo paso largo de siempre, y cuando entró al espacio pequeño de la cabina y el metal se cerró detrás de él, el despacho, Celeste, el formulario y todo lo que había ocurrido en la última hora quedaron del otro lado.El ascensor era para seis personas. Con dos, el espacio sobraba físicamente, pero no en ningún otro sentido.—Déjame llevarte —dijo él.—Vine en taxi.—Lo sé.Clara no respondió, que era también una forma de responder.El auto de Leonardo estaba en el aparcamiento del subsuelo: oscuro, frío, con ese silencio específico de los lugares subterráneos donde el ruido de la ciudad no llega y el tiempo parece tener otra velocidad. Leonardo abrió la puerta del copiloto antes de que Clara pudiera hacerlo, no como gesto calculado, sino como el movimiento automático de alguien que ya tiene un hábito y que el hábito lo tiene a él.Arrancaron.El tráfico de medi
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