La mansión a las dos de la madrugada parecía otro edificio.
Las luces de los pasillos estaban en su mínimo, esa penumbra operativa que los empleados dejaban encendida para que nadie tropezara y que, a esa hora, convertía los corredores en espacios más hondos de lo que eran durante el día. Los muebles perdían sus ángulos exactos, los retratos de las paredes se volvían menos nítidos y el silencio adquiría una densidad distinta, como si entre la medianoche y el amanecer la casa revelara una versió