La carta llegó al día siguiente a las diez de la mañana.
No la trajo Mateo ni apareció por correo ordinario. Elena la encontró en el buzón lateral de la entrada de servicio, ese que usaban los mensajeros para dejar entregas sin interrumpir el funcionamiento de la mansión. El sobre era blanco, de papel grueso, sin remitente. El nombre escrito al frente era el de Clara, pero lo que le quitó el aire no fue verse nombrada, sino reconocer la letra antes de terminar de entender qué significaba tenerl