El café del día siguiente llegó caliente.
Clara lo encontró cuando salió del baño a las ocho y cuarto: la bandeja sobre el escritorio, la taza en el mismo sitio que el día anterior, exactamente a la derecha del cuaderno, con el mismo color oscuro y concentrado. Elena debía haber entrado mientras el sonido del agua cubría sus pasos, con la discreción que aplicaba cuando sabía que el gesto era para alguien que necesitaba recibirlo sin que nadie lo anunciara, y sin que la persona que lo mandaba lo