La puerta se cerró.
El despacho quedó en silencio, pero ya no era el mismo silencio de antes. Era más denso, cargado con el peso de lo que acababa de decirse y todavía permanecía en el aire, sin que nadie hubiera decidido qué hacer con ello.
Clara miró el umbral donde Celeste había estado. Recibió la frase en el lugar donde siempre llegaban los golpes de ella: en la grieta entre lo que una sabe que es verdad y lo que teme que también pueda serlo. Celeste no había mentido. Ese era el problema de