Leonardo la alcanzó en el ascensor.
No corrió. No la llamó por el corredor. Llegó antes de que se cerraran las puertas con el mismo paso largo de siempre, y cuando entró al espacio pequeño de la cabina y el metal se cerró detrás de él, el despacho, Celeste, el formulario y todo lo que había ocurrido en la última hora quedaron del otro lado.
El ascensor era para seis personas. Con dos, el espacio sobraba físicamente, pero no en ningún otro sentido.
—Déjame llevarte —dijo él.
—Vine en taxi.
—Lo s