Clara escuchó la mansión desde la habitación azul.
No era la primera vez que decidía no bajar al desayuno, pero sí la primera en que la decisión tenía ese peso específico. No era pereza ni incomodidad general; era una distancia deliberada, la que se coloca entre dos personas cuando una ha dicho algo verdadero y la otra no ha podido responder lo suficiente, y ambas necesitan tiempo para entender qué viene después de esa honestidad sin destrozar lo poco que todavía existe.
Las ocho de la mañana t