Emilio convocó a ambos al despacho de la mansión a las once de la mañana.
Lo hizo en persona, mediante Elena, y no por teléfono ni por mensaje. Esa elección ya decía algo. Emilio no solo comunicaba decisiones: elegía el medio según el control que necesitaba ejercer sobre la reacción de quien las recibía. Un mensaje podía releerse. Una llamada podía interrumpirse. Una reunión en su despacho, con él de pie junto al ventanal y los demás obligados a ocupar el espacio que él permitía, reducía las pos